lunes, 15 de diciembre de 2008

Infelices Pascuas

Por Ernesto Semán*, Página/12 del 15/12/2008

El Gobierno decidió celebrar los 25 años de democracia integrando al oficialismo a uno de los pocos militares que lideró un intento por desestabilizarla. La llegada de Aldo Rico a la dirigencia del peronismo presidido por Néstor Kirchner es políticamente infame, eso es algo que hasta los mismos ejecutores pueden haber visto y decidido pasar por alto en nombre de la responsabilidad mínima de conservar el poder que le cabe a un gobernante. Lo que parecen no haber percibido es que, además, es el camino más rápido para la licuación política.

La política de derechos humanos desarrollada desde el 2003, irreprochable desde casi cualquier punto de vista y destinada a revertir muchas de las conquistas que Rico obtuvo mediante la presión militar, consolidó una relación entre instituciones y sociedad civil iniciada en el ’83 que difícilmente pueda ponerse en riesgo. La fortaleza del Gobierno, en cambio, aparece mucho más expuesta a los desarreglos de una decisión así.

En el mejor de los casos, el Gobierno supone que la integración de Rico es algo desagradable pero que le garantiza al PJ una buena performance en el distrito más importante del país. La candidez de la última parte del razonamiento es tan grande que opaca la repugnancia de la primera. Lo que el ex carapintada suma es, en el mejor de los casos, una enorme cantidad de votos en la provincia de Buenos Aires. Lo que le resta al Gobierno es una, o alguna, base de sustento: desde ahora, la probable candidatura de Kirchner deberá navegar entre un sector que se aleja, otro que está descontento, y otro que recién llega a su lado con la idea fija de sacárselo de encima.

Reacomodamientos de este tipo se justifican en la línea de “a nosotros nos importan los derechos humanos, pero con los derechos humanos no ganás el conurbano”. En general, la frase va acompañada de un “mirá a lo que me animo”, que supone que todo espacio se obtiene a costa de una cuota de autohumillación, y que ese descenso a la impureza es un ritual de ingreso al verdadero mundo del poder, algo así como “si no estás dispuesto a estas cosas, es porque no entendés”.

El mayor problema de ese argumento es su endeblez analítica y su total falta de evidencia y practicidad. El mayor problema, es que esconde mal y poco una realidad contraria a la que describe: lo que se presenta como un gesto de autoridad no es más que una muestra de debilidad; lo que se muestra con una estética del rigor encubre la fragilidad del retroceso; lo que se supone que es un gesto de audacia evidencia la reincidencia en una larguísima tradición de chancletear hacia la derecha en tiempos de crisis.
Durante la Semana Santa de 1987, Aldo Rico lideró un acuartelamiento militar, presionando al gobierno de Raúl Alfonsín para que pusiera límites en el tiempo y el alcance a los juicios contra los militares acusados de violaciones a los derechos humanos. Con la dictadura a sólo cuatro años de distancia, el gobierno percibió el levantamiento (hoy la mayoría parece coincidir que equivocadamente) como una amenaza de primer orden, y en muy poco tiempo concedió las leyes de Obediencia Debida y Punto Final. Miles de militares acusados de torturas y asesinatos durante la última dictadura le deben al flamante miembro del oficialismo sus años de libertad.

Desde 2003, el gobierno de Kirchner puso en marcha una variada gama de acciones para dejar sin efecto aquellas leyes obtenidas por Rico y que por tanto los militares que estaban impunemente libres fueran a la Justicia. Que incluso miembros del Gobierno compartan desde hoy la condición de oficialistas con aquel que garantizó la libertad para quienes fueron sus torturadores no sólo le agrega infamia a la desdicha, sino que exhibe la mélange de la que el oficialismo supone obtener una fortaleza. A partir de ahora, al Gobierno le va a costar volver a ironizar sobre la cadencia claudicante del “felices pascuas” después de sumar a quien lideró la sublevación de Semana Santa. Sólo Aldo Rico puede darse ese lujo sin quedar preso de una contradicción.

¿Qué estrechez de miras puede llevar a alguien a no ver algo que parece tan obvio? Una posibilidad es subestimar la importancia de la política de derechos humanos en la base de la legitimidad del Gobierno, apoyándose en el sentido común que indica que la economía garantiza cosas que la justicia no. La larga experiencia argentina demuestra lo contrario: es sólo con una fuerte legitimidad política que se puede capitalizar la bonanza económica o capear el temporal de crisis. Si alguien en el Gobierno se apoya en una encuesta para suponer que esa legitimidad está lejos de los derechos humanos, se olvida de la máxima implícita en el kirchnerismo: la construcción constante de enemigos es lo que le da identidad y potencia al propio movimiento. Es probable que pocos voten a un candidato bonaerense por su política de derechos humanos, pero es seguro que pueden dejar de votarlo por su pérdida de horizonte y su manifiesta debilidad. Desde 2003, el kircherismo reinstaló en la sociedad ideas muy fuertes y rígidas sobre su identidad y la del resto de los actores políticos. Hacer la prueba para ver si tirando de los derechos humanos se deshace un tejido mucho más amplio de asociaciones y sentidos no parece ser el ejercicio más feliz.

Otra posibilidad es suponer que, en cualquier momento, un partido puede cambiar su base de sustento a voluntad, reemplazando ideas como piezas de un rompecabezas. El último que tuvo esa creencia de forma cabal fue Fernando de la Rúa.

Otra posibilidad, finalmente, es suponer que Rico es sobre todo un referente del PJ, y que en todo eso lo que se juega es encontrar aliados confiables. Algo de eso podría intuirse en la sumaria explicación de Carlos Kunkel, que consideró natural el apoyo a Rico como jefe del PJ de San Miguel si se trataba de enfrentar a candidatos apoyados por Alberto Fernández o Felipe Solá (!). El fin de cualquier potencial alianza transversal y la necesidad obvia de tener una –alguna– base de sustento, explican el regreso triste del kirchnerismo a una casa que le es profundamente hostil. Pero cualquiera que asome la nariz por arriba de esa mira tan baja sabrá que los Kirchner no sólo se repliegan en un PJ en el que jamás estuvieron a gusto, sino que se están construyendo el peor PJ posible para que lo acoja.

* Sociólogo.

2 comentarios:

Gabriel Puricelli dijo...

El autor es, en realidad, Ernesto Semán, sociólogo también, periodista y hermano menor de Pablo. Mañana P/12 se rectifica...

NS/NC, mi blog

Un fulano escribió dijo...

que análisis, mi pregunta es, el kirchnerismo lo que tenía de buen en una época era justamente no representar a ningun partido político, la famosa concertación plural, luego, hay que ser justos tambien, el voto no positivo del vicepresidente en la cámara alta, hizo añicos lo que quedaba de la concertación plural, pero reitero, noto cierto "deporte de quien les pega mas duro" a los kirchner por parte de la prensa y no obstante cierta benevolencia por parte de los mismos hacia sectores de la oposición, fijense el caso de los diputruchos porteños, o los personajes como Cobos que abusan de la ambiguedad.

Muy buena la entrada, saludos.